CERESO
Un lugar que no podía faltar en las visitas de los clowns era el Jardín de los Cerezos, un sitio grande y seguro donde, pensaron, sería fantástico realizar un pic-nic. Así, Eutanasia, Matilde y Nónimo se cargaron de tiliches y, apenas llegar al jardín, se pusieron manos a la obra: instalaron su mesa, los platos y los cubiertos… sólo había un pequeño inconveniente: nadie había traído comida.
La decepción duró poco. Nónimo traía consigo una caña de pescar que no dudó en utilizar para conseguir la comida necesaria para el día de campo. Sin embargo, no todo salió como lo planeado y tras muchos intentos fallidos, la pesca no había tenido el éxito esperado. Los peces del lago se negaban a ser comidos. El trío de clowns pedía ayuda a las personas que estaba a su alrededor pero nadie podía ayudarlos.
Ya resignados, volvieron a echar un vistazo a su bolsa de paseo y, como si hubiesen sido escuchados por la divina providencia, encontraron una lata de atún.
Los métodos que utilizaron para intentar abrirla fueron variados y algunos no pueden ser ni siquiera descritos, pero todo término cuando, presos de la desesperación, rodearon la lata de dinamita. Cuando el humo finalmente se dispersó, el atún había desaparecido, tal vez para siempre.
Al final de día, Nónimo, Matilde y Eutanasia no pudieron comer, pero en el Jardín se reencontraron con viejos amigos a quienes, desde aquí, les desean lo mejor y sobretodo, volver a verlos, ojalá en otro lugar…
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